
TODO POR UN NUEVO RENACER /COLUMNISTA
El otoño nunca pide permiso: simplemente entra, como una certeza antigua que no necesita anunciarse. No irrumpe con la risa desbordada del verano ni se esconde en el silencio expectante del invierno. El otoño sucede… y, cuando uno lo advierte, ya hay hojas rendidas sobre la tierra y un aire leve que huele a memoria.
Hay en el otoño una verdad demasiado cercana a la vida como para ser coincidencia.
Es la estación en que los árboles, lejos de luchar, eligen soltar. Y no lo hacen por debilidad, sino por una sabiduría profunda, casi olvidada por nosotros. El árbol no se aferra a lo que ya fue. No negocia con el tiempo. Simplemente deja ir. Y en ese gesto —que desde lejos parece melancólico— habita una forma secreta, luminosa, de esperanza.
Podríamos decir que el otoño es una despedida. Pero sería simplificarlo demasiado. El otoño es, más bien, una conversación íntima con el tiempo. De esas que evitamos, pero que, inevitablemente, terminan encontrándonos. Porque allí, entre hojas quebradizas y tardes que se acortan, comprendemos algo esencial: no todo lo que se pierde es una derrota.
A veces, lo que cae… nos libera.
También en la vida hay estaciones así. Momentos que intentamos sostener con una terquedad casi heroica: la juventud que se escapa sin avisar, los amores que se transforman, las versiones de nosotros mismos que ya no nos pertenecen. Y sin embargo, llega ese instante —nuestro propio otoño— en el que todo comienza a desprenderse.
Y duele. Claro que duele.
Duele como dolería soltarse, si los árboles sintieran. Pero incluso en ese desprendimiento hay una belleza silenciosa.
Porque el otoño no es el final del árbol. Es su recogimiento. Su pausa necesaria. Su forma de entender que la vida no avanza en línea recta hacia la plenitud, sino que respira en ciclos donde perder también es crecer.
Quizás nuestra dificultad está en eso: no sabemos caer con la gracia de los árboles.
Nos aferramos, resistimos, confundimos la nostalgia con virtud. Pero el otoño enseña —sin palabras, como enseñan las verdades importantes— que soltar también es un acto de fe. Fe en lo que aún no vemos.
Fe en que lo que viene sigue siendo Porque bajo esa apariencia de final, algo sigue moviéndose en silencio. La savia no se detiene. Las raíces trabajan en lo invisible. El árbol no muere: se prepara.
Y tal vez ahí reside lo esencial..
En saber que incluso cuando todo parece apagarse, algo en nosotros persiste, latiendo en secreto, aguardando su tiempo. Por eso el otoño no es triste. Es honesto. Nos recuerda que no vinimos a permanecer intactos. Que el tiempo no es un enemigo, sino un narrador paciente. Y que cada hoja que cae no es una pérdida definitiva, sino una página que se vuelve.
Porque, al final —siempre, inevitablemente— regresa la primavera.Y lo más hermoso, lo más profundamente humano, es que muchas veces florecemos mejor después de haber aprendido a soltar.

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Hasta la próxima !!! Gracias Gracias Gracias !!!
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Hermoso mensaje del otoño!!!!