
ANA RECORDANDO EN MISION / COLUMNISTA
Muchas veces me pregunto por mi fascinación con el color. Mientras realizaba un trabajo con acuarelas, ha venido a mi mente un recuerdo de aquellos años ’60 y ’70… de los vestidos, de los estampados, de la música, de mi forma de mirar al mundo.
El mundo de la psicodelia de los hippies…. Un mundo lleno de color, color vibrante, irreverente, compulsivo; en definitiva lleno de vida.
Ese mundo de mis primeros años impregnó mi ser, lo enamoró por el color. Y aunque la TV aún era en blanco y negro, en el kiosco teníamos “las revistas del corazón” que devolvían los grises televisivos al espectro maravilloso del arco iris.
Y gracias a esas revistas, pudimos conocer de primera mano aquel bonito vestido que llevó la cantante Massiel en el Festival de Eurovisión, representando a España con la canción “La, la, la” y que ganó en el 1968.
ACTUALMENTE HEMOS PERDIDO ESE COLOR
Hoy en día en los entornos urbanos, hemos pasado al gris de las ciudades, representado por la predominancia de infraestructuras de hormigón, asfalto y la contaminación atmosférica, intensificada además por la falta de vegetación.
No tan sólo el entorno urbano se ha vuelto gris, sin color, también el vestuario y el interior de las viviendas ha perdido tono.
Y lo que los ojos ven actúa directamente en nuestro cerebro, en nuestro ánimo y en nuestro subconsciente.
La variedad de cromatismo influye directamente en nuestra fisiología humana: en las emociones, estados de ánimo, en nuestro organismo físico, en nuestros pensamientos…
EL COLOR ES ENERGIA ES VIBRACION
Ese entorno gris, de fealdad, afecta directamente a todo nuestro ser, y de una forma inconsciente, a nuestros pensamientos y creencias; incluso a nuestra visión del mundo y de la sociedad en la que vivimos. La masificación en ciudades grises, es una forma de programarnos mentalmente. No sólo la programación neurolingüística incide en nuestro cerebro, también la programación cromatística está actuando sobre él.
Y no es una acción inocente
La repetición de una imagen (en este caso un entorno acromático) nos crea un programa que queda impregnado en nuestra mente. La falta de color limita las expectativas creativas, baja el estado de ánimo, merma la autoestima y el empoderamiento en uno mismo, la mente se hace más permeable a la manipulación…
Hacernos conscientes de todo ello es un gran paso para recuperar quién realmente somos, nuestra esencia. El contacto con la Naturaleza: agua, tierra, aire; los colores de las flores, de los árboles; los azules de los cielos, ríos, mares…. recupera nuestro cuerpo de los anodinos grises, de las estridencias de cláxones y ruidos destroza neuronas.
Tan intensa es la falta de color, que el Color del Año 2026 de Pantone es Cloud Dancer (PANTONE 11-4201), un blanco natural. Otro de los tonos llamados neutros.
Basta ya de insipideces!!!!
Pongamos COLOR a nuestra vida!!!
Nosotros somos color, pero esto será en otra ocasión.
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